Alec grita el nombre de Jules incluso antes de que su cuerpo rompa la superficie del agua.
—¡Jules, no! ¡No te pongas en peligro! —ruge con desesperación.
Pero ya es tarde.
Ella salta sin dudarlo, impulsada únicamente por el llanto desgarrado de Dauphine y el instinto de protegerla a toda costa.
La lluvia comienza a caer en gotas gruesas, resbalando por las barandillas del yate mientras el viento se levanta con fuerza.
El Mediterráneo, que hace apenas minutos estaba calmado y cristalino, ahora ruge como una bestia enojada.
Jules golpea el agua con fuerza y el frío la sacude entera. Parpadea varias veces tratando de ubicar el pequeño oso flotando entre las olas que se forman cada vez más rápido.
—El osito… dónde… —murmura, con la respiración entrecortada.
Nada con determinación, pero el mar la empuja hacia atrás con movimientos caóticos.
El juguete aparece y desaparece entre el agua espumosa; cada vez que cree tenerlo al alcance, una ola se lo traga de nuevo.
El viento sopla tan fue