Alec grita el nombre de Jules incluso antes de que su cuerpo rompa la superficie del agua.
—¡Jules, no! ¡No te pongas en peligro! —ruge con desesperación.
Pero ya es tarde.
Ella salta sin dudarlo, impulsada únicamente por el llanto desgarrado de Dauphine y el instinto de protegerla a toda costa.
La lluvia comienza a caer en gotas gruesas, resbalando por las barandillas del yate mientras el viento se levanta con fuerza.
El Mediterráneo, que hace apenas minutos estaba calmado y cristalino, ahor