Jules toma la mano que Alec le tiende.
Sus dedos se entrelazan con los de él casi sin pensarlo, como si sus cuerpos supieran comunicarse incluso cuando sus mentes se niegan a descifrar lo que está ocurriendo entre ellos.
La calidez de su palma la tranquiliza. Dauphine aparece junto a ella en un instante, como un pequeño torbellino rubio, y le toma la otra mano con entusiasmo.
Las tres manos unidas. Las tres respiraciones agitadas.
El borde del yate parece esperarlos, desafiante y prometedor.