Jules toma la mano que Alec le tiende.
Sus dedos se entrelazan con los de él casi sin pensarlo, como si sus cuerpos supieran comunicarse incluso cuando sus mentes se niegan a descifrar lo que está ocurriendo entre ellos.
La calidez de su palma la tranquiliza. Dauphine aparece junto a ella en un instante, como un pequeño torbellino rubio, y le toma la otra mano con entusiasmo.
Las tres manos unidas. Las tres respiraciones agitadas.
El borde del yate parece esperarlos, desafiante y prometedor.
Pero cuando Jules se acerca demasiado, un mareo súbito le nubla la vista.
El vértigo le sube por la columna como una corriente eléctrica.
Aprieta los dedos sin darse cuenta. Alec lo nota enseguida.
Suave, casi imperceptible, él le da un apretón que dice estoy aquí. Ese gesto le ancla el cuerpo. La calma apenas dura un segundo, pero es suficiente.
Alec da un paso hacia atrás, aún sin soltarla.
—Muy bien —dice él, mirando a ambas—. A la cuenta de tres. Unos pasos atrás… y corremos.
Dauphine ríe