Jules se deja caer sobre la cama del camarote como si su cuerpo hubiera sido drenado por completo. El colchón la envuelve, demasiado suave, demasiado silencioso para el torbellino que lleva dentro. Cierra los ojos solo un instante, intentando ordenar el caos del día, pero las imágenes se atropellan: la entrevista con Alec, la tensión en el barco, la cercanía incómoda… y esa mirada suya, capaz de desestabilizarla con solo posar sobre ella. No era esto lo que imaginaba cuando aceptó el trabajo. Ni remotamente. El cansancio termina por arrastrarla. Y sin darse cuenta, cae en un sueño inquieto, demasiado profundo para poder escapar a tiempo. La pesadilla llega como siempre: abrupta, sofocante, inmóvil. Un grito se desgaja de su garganta… y esta vez sale. Alec escucha el sonido desde el pasillo. Se detiene en seco. No duda. Cruza la distancia hacia el camarote de Jules con pasos rápidos, casi furiosos, y abre la puerta sin pensar en otra cosa que no sea el peligro. Pero
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