Recuerdos que no se pierden

Más tarde, cuando el yate ya no se balancea con la violencia de la tormenta y el ruido del mar se ha convertido en un murmullo lejano, alguien llama suavemente a la puerta del camarote de Jules.

No es un golpe fuerte. Es casi tímido.

Jules, que está sentada en la cama con una manta ligera sobre los hombros, se incorpora despacio.

Aún se siente algo débil, pero mucho mejor que horas atrás. Camina hasta la puerta y abre.

Del otro lado está Dauphine.

La pequeña sostiene las manos juntas frente a
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