Astrid sintió las lágrimas quemarle los ojos, pero no lloró, solo asintió.
—Quiero verlo —susurró— quiero ver cómo la toca cómo la besa, como la folla. Quiero verlo todo.
Erick le limpió una lágrima que se le escapó.
—Y cuando lo veas… vas a volver a mí. Y me vas a suplicar que te folle hasta que olvides su nombre.
Ella sonrió.
—Tal vez.
Él la besó otra vez, fue suave esta vez, casi tierno.
Pero los dos sabían que la ternura era solo una pausa.
El odio seguía allí, esperando.
Al día siguiente,