Astrid se quedó mirando la mano que acababa de soltar. La palma de Erick aún estaba abierta, ella sintió el frío del viento golpearle la piel desnuda que sobresalía de la camisa y se abrazó a sí misma, no por pudor, sino porque de pronto el cuerpo le pesaba. El abrazo que habían compartido segundos antes ya no existía. Solo quedaban sus palabras: “Empezamos de cero, sin odio. Sin venganza.”
Mentira, los dos lo sabían.
Erick dio un paso atrás, la miró de arriba abajo, deteniéndose en los moreton