Mikkel se apartó apenas.
—Quiero tocarte —susurró—. Quiero sentir que estás aquí. Que eres mía.
Lía miró hacia la puerta. Cerrada. El monitor seguía pitando constante.
—Entonces tócame —dijo, voz ronca—. Pero despacio. No quiero que te hagas daño.
Mikkel no esperó más. Bajó la sábana con cuidado. La bata del hospital se abrió sola. Debajo solo tenía bragas blancas de algodón y un sujetador sencillo. Nada sexy. Todo práctico. Pero a él le tembló la mano cuando la rozó.
Le acarició el cuello. Baj