Dos años después.
La casa estaba en silencio, cuando Josh bajaba corriendo, con sus zapatillas de dinosaurio aún sin atar.
—¡Mamá! —gritó desde el pasillo— mostrándole su zapatilla.
Lía estaba sentada en el sillón de la sala, con una mano apoyada en la parte baja de la espalda, la otra sobre su vientre redondo. Estaba a nueve meses exactos, el médico había dicho que el parto podía venir cualquier día, pero Lía ya no creía en “cualquier día”. Sentía que su cuerpo iba a estallar en cualquier mome