96. No lo permitas.
El aire de la sala se espesa como si cada respiración arrastrara brasas invisibles; el eco palpita en los muros, repitiendo nuestras tensiones con un murmullo vibrante que eriza la piel. Camino despacio, mis pasos desnudos sobre la piedra no buscan hacer ruido, sino marcar presencia, y siento las miradas clavarse en mí: la de Meira, siempre intensa, siempre cargada de un deseo que confunde con rabia; la del Forastero, que se inclina contra una columna con la indolencia calculada de quien ya sab