81. Lenguas que besan y maldicen.
El aire del santuario es denso, cargado de una mezcla intoxicante de deseo, poder y secretos a punto de estallar; nunca antes siento que el erotismo pueda ser tan visceralmente entrelazado con la urgencia de un destino que pesa sobre mis hombros como una corona hecha de brasas. Estamos allí, Meira, el Forastero y yo, no como amantes en un simple triángulo de afectos, sino como piezas de un ajedrez en el que cada movimiento es un acto de conquista y defensa, una danza de poder en la que el cuerp