76. Fuego y cenizas.
No sé en qué momento el aire comenzó a arder, si fue antes o después de que el niño hablara por primera vez con su verdadera voz, esa que no tiene edad ni carne, sino la vibración de algo que pertenece al origen mismo de los ciclos. Lo observo frente a mí, erguido sobre las losas agrietadas del santuario, envuelto en un resplandor que no es luz pero tampoco sombra, más bien una danza de brasas invisibles que no consumen su piel, sino la mía, como si cada chispa me recordara que lo que engendré