77. Cenizas suaves sobre el lecho vacío.
El amanecer se arrastra sobre las ruinas como una herida mal cerrada, filtrándose tímidamente entre las piedras partidas, los muros vencidos y el polvo que todavía flota en el aire como si se resistiera a caer. Me despierto con la piel aún impregnada del recuerdo de la batalla, con la sensación áspera de un filo invisible que me recorre de dentro hacia afuera, recordándome que he sobrevivido, aunque no sé con qué parte de mí. El santuario yace despojado de su sagrado silencio, convertido ahora