67. La reina y el lobo.
La noche cae sobre el santuario como un manto de sombra que parece absorber cada destello de luz, una oscuridad tan densa que incluso la respiración se siente pesada, cargada de un peso que no es solo físico sino moral, emocional, espiritual. El aire es casi sólido, impregnado de incienso, de resina quemada, de la humedad que se filtra por las piedras antiguas, y en cada suspiro siento cómo vibra la promesa de algo que está por suceder, irreversible, un punto de quiebre que no admite retroceso