55. Fuego y telarañas.
Mi voz corta el aire como un látigo invisible, y aunque no grito, la fuerza que la envuelve sacude la habitación con un pulso que parece arrancado de mi propia sangre, un eco carmesí que se entrelaza con las sombras y los muros de piedra, como si el santuario mismo contuviera la respiración, consciente del poder que emana de mí. No es un fuego que arda con llama visible; es una energía que se condensa, que palpita con la voluntad, con la fuerza que no depende de herencia ni de ritos, sino de la