486. La prueba de lo visible.

El amanecer llega sin colores definidos, como si incluso la luz dudara antes de posarse sobre una estructura que ya no reconoce del todo, y en esa ambigüedad inicial comprendo que el día ha sido diseñado para observarme, no para acompañarme, porque cada paso que doy es recibido por una atención demasiado precisa, por miradas que no buscan comprender sino medir cuánto de mí puede ser reducido a gesto, a postura, a símbolo útil.

La convocatoria no se anuncia con palabras, sino con movimiento: los
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