485. Donde el deseo deja de pedir permiso.
No hay descanso después del test, solo una reconfiguración lenta del pulso interno, como si el cuerpo hubiera aprendido una nueva cadencia y se negara a volver a la anterior, y mientras atravieso los pasillos que ahora me reconocen sin intentar contenerme siento cómo cada paso despierta una atención distinta, no voraz ni invasiva, sino expectante, como si el mundo entero hubiera aprendido a escuchar con la piel.
La consecuencia no es inmediata, pero es profunda.
No me llaman.
No me persiguen.
M