446. La marea que no pide permiso.
El día siguiente no amanece distinto y, sin embargo, todo se ha desplazado lo suficiente como para que el suelo responda de otro modo bajo mis pasos, una sensación casi imperceptible que se instala en los tobillos, en la columna, en la forma en que el aire parece ofrecer resistencia mínima cuando respiro, y comprendo que la persistencia ha dejado de ser solo un gesto individual para convertirse en ritmo compartido, una cadencia que otros empiezan a imitar sin saber aún qué precio exige sostener