384. Cuando el fuego aprende a pronunciar mi nombre.
Lo primero que siento no es miedo ni triunfo, sino una claridad incómoda, casi cruel, como si algo en mí hubiera dejado de mentirse a sí mismo y ahora exigiera atención constante, una lucidez que late detrás de los pensamientos y convierte cada respiración en un acto consciente, cada gesto en una decisión, y comprendo que el despertar no concede treguas, que una vez abierto ese umbral no existe el regreso a la ingenuidad que me protegía.
Mi poder sigue vibrando bajo la piel, no con violencia, sino con una densidad nueva, como una corriente subterránea que ya no busca romper la superficie sino sostenerla desde abajo, y en ese sostén hay una intimidad inesperada, una cercanía conmigo misma que me resulta tan perturbadora como embriagadora, porque me obliga a habitar cada parte de lo que soy sin fragmentarme.
Aeshkar permanece a mi lado, no como guardián ni como arma convocada, sino como presencia viva, consciente, y esa distinción altera algo profundo en la manera en que lo percibo, por