383. La promesa que no sabe callarse.
Empieza con una emoción que no logro nombrar de inmediato, una mezcla de vigilia y hambre contenida que se instala en mi pecho como un animal silencioso, atento, y entiendo que ya no se trata solo de sobrevivir a lo que viene, sino de aceptar que algo en mí ha aprendido a desear sin pedir permiso, a existir sin disculparse, y ese reconocimiento me acompaña mientras doy el primer paso hacia adelante, no hacia el enemigo, sino hacia la versión de mí que ya no puede fingir distancia.
Siento el peso de las miradas invisibles, la presión de los Selladores acercándose como una marea que no ruge, pero que insiste, y al mismo tiempo percibo a Aeshkar a mi lado, no como sombra protectora ni como dueño de un poder mayor, sino como una presencia que respira conmigo, que ajusta su ritmo al mío, y esa sincronía me estremece más que cualquier amenaza abierta, porque me recuerda que ya no estoy sola en este borde.
No hablo de inmediato, dejo que el silencio se estire, que se cargue de todo lo que no