383. La promesa que no sabe callarse.
Empieza con una emoción que no logro nombrar de inmediato, una mezcla de vigilia y hambre contenida que se instala en mi pecho como un animal silencioso, atento, y entiendo que ya no se trata solo de sobrevivir a lo que viene, sino de aceptar que algo en mí ha aprendido a desear sin pedir permiso, a existir sin disculparse, y ese reconocimiento me acompaña mientras doy el primer paso hacia adelante, no hacia el enemigo, sino hacia la versión de mí que ya no puede fingir distancia.
Siento el pes