385. El juramento que arde bajo la piel.
Lo primero que me invade no es la urgencia del combate ni el eco de las amenazas que aún palpitan en los márgenes de este mundo herido, sino una emoción más difícil de nombrar, una mezcla de vértigo y lucidez que me obliga a reconocer que ya no soy solo quien reacciona a los movimientos ajenos, sino quien los provoca, quien altera el curso de los acontecimientos con solo decidir permanecer de pie cuando otros esperan verme caer, y esa conciencia pesa tanto como excita, porque me obliga a aceptar que el poder no es un accidente, sino una responsabilidad que se vive en el cuerpo.
Siento a Aeshkar cerca, no como una sombra protectora ni como una presencia invasiva, sino como una continuidad silenciosa que acompaña mis pensamientos sin interrumpirlos, y esa cercanía despierta una calma tensa, una serenidad cargada de electricidad que me recorre la espalda y se instala en la base del cuello, recordándome que no estoy sola en esta frontera incierta donde la voluntad y el deseo se confunden.