368. Esa es la diferencia.

Lo que siento al abrir los ojos no es miedo, ni deseo, ni siquiera agotamiento, sino una presión íntima y persistente, como si algo dentro de mí hubiera aprendido a escuchar a los demás sin pedirme permiso, una sensibilidad nueva que se estira hacia afuera, buscando otras respiraciones, otros latidos, otros cuerpos que no son el mío pero que, de algún modo, ya no me resultan ajenos.

Me incorporo despacio, con cuidado de no perturbar el equilibrio frágil que se ha instalado en la habitación, y mi mirada va primero hacia Aeshkar, que duerme con una quietud engañosa, su pecho subiendo y bajando con un ritmo que no termina de ser humano del todo, como si el fuego que la habita hubiera aprendido a fingir descanso, y luego hacia la puerta, tras la cual sé que el mundo se ha reorganizado sin esperarme.

Siento el poder antes de usarlo.

Esa es la diferencia.

Cuando atravieso el corredor que conduce a la sala de audiencias menor —esa estancia neutra donde se dirimen verdades que no quieren ser
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