368. Esa es la diferencia.
Lo que siento al abrir los ojos no es miedo, ni deseo, ni siquiera agotamiento, sino una presión íntima y persistente, como si algo dentro de mí hubiera aprendido a escuchar a los demás sin pedirme permiso, una sensibilidad nueva que se estira hacia afuera, buscando otras respiraciones, otros latidos, otros cuerpos que no son el mío pero que, de algún modo, ya no me resultan ajenos.
Me incorporo despacio, con cuidado de no perturbar el equilibrio frágil que se ha instalado en la habitación, y m