367. La herida que me elige.

Lo primero que emerge en mí no es la urgencia del poder ni el eco del nombre recién liberado, sino una culpa tibia y persistente que se instala bajo mi piel con la misma obstinación que el fuego, porque Aeshkar yace entre mis brazos con una quietud que no le pertenece, y aunque su respiración aún existe, frágil y desigual, sé que algo en ella ha cambiado de forma definitiva, algo que no se cura con hechizos ni con promesas pronunciadas en voz baja.

No me muevo durante un largo instante, sosteni
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