369. Permanezco tendida.
Lo que más me perturba no es la magnitud del poder que empieza a rodearme, sino la forma en que deja de pedirme permiso, como si hubiera entendido que ya no necesito decidir para ser atravesada por él, como si mi cuerpo se hubiera convertido en una frontera porosa donde el deseo, el miedo y la voluntad ajena se filtran sin anunciarse, dejando una estela tibia que me acompaña incluso cuando cierro los ojos.
No duermo.
Permanezco tendida, con la espalda apoyada contra la piedra fría, sintiendo cómo el pulso del fuego se acomoda bajo mi piel con una paciencia casi amorosa, y es entonces cuando lo percibo por primera vez con claridad, no como una presencia cercana, sino como una ausencia que grita, una desconexión abrupta en la red invisible que se ha estado tejiendo entre los elegidos.
Alguien ha dejado de responder.
Me incorporo de inmediato, el movimiento tenso pero controlado, y antes de que pueda ordenar a nadie que me siga, Aurelion ya está de pie, su atención afinada hacia el mismo