365. La muerte que desentierra mi nombre perdido
Hay un instante en el que el cuerpo se vuelve más sincero que la mente, un punto en el que todo aquello que intenté enterrar, negar o incluso quemar dentro de mí empieza a empujar con tanta fuerza que ya no puedo distinguir si el temblor de mis manos es miedo, deseo o la anticipación inevitable de una verdad que lleva siglos persiguiéndome; y mientras el círculo ritual se fragmenta bajo mis pies, mientras la luz se enreda en mi piel como si reconociera cada pliegue, cada marca, cada rincón de mí que nunca quise exponer, siento que algo me llama desde un lugar que no pertenece ni al presente ni al pasado, sino al espacio íntimo donde una promesa prohibida espera ser pronunciada otra vez.
Aeshkar me observa desde el borde del caos con esos ojos oscuros que siempre intentan ocultar más de lo que revelan, y sin embargo, en este instante, puedo sentir la angustia cruda que late en ella, un miedo que no nace del peligro físico, sino del presentimiento de que estoy despertando algo que quizá