366. El nombre que no debía pronunciarse.
Lo primero que siento no es miedo ni triunfo, sino una cercanía insoportable, una de esas presencias que no se miden en pasos sino en latidos, porque ambos —Aeshkar y él— están demasiado cerca, y mi cuerpo responde antes de que mi mente pueda ordenar la avalancha de recuerdos, deseos y advertencias que pugnan por salir a la superficie, como si cada fibra de mí supiera que el equilibrio que he sostenido durante años acaba de romperse de forma irreversible.
El silencio posterior al estallido no es vacío, está cargado de respiraciones contenidas, de símbolos aún vibrando en los restos del sello, de miradas que no se atreven a apartarse porque hacerlo implicaría aceptar que nada volverá a ser como antes, y cuando doy un paso más, notando cómo el poder recién despertado se acomoda en mí con una docilidad inquietante, comprendo que ya no hay vuelta atrás, que lo que fue reclamado no puede devolverse al olvido.
—Dilo —murmura él, sin urgencia, sin alzar la voz—. Ahora puedes.
Aeshkar se tens