366. El nombre que no debía pronunciarse.
Lo primero que siento no es miedo ni triunfo, sino una cercanía insoportable, una de esas presencias que no se miden en pasos sino en latidos, porque ambos —Aeshkar y él— están demasiado cerca, y mi cuerpo responde antes de que mi mente pueda ordenar la avalancha de recuerdos, deseos y advertencias que pugnan por salir a la superficie, como si cada fibra de mí supiera que el equilibrio que he sostenido durante años acaba de romperse de forma irreversible.
El silencio posterior al estallido no e