361. Recuerdo que no fue una amenaza.
Los Selladores, viendo que la unión nos fortalece, reúnen su energía restante en un solo golpe, uno tan grande que retumba en el aire con un sonido agudo, casi animal, como el chillido de un metal quebrándose al calor extremo, y cuando apuntan hacia nosotras sé que no buscan capturarme esta vez, sino destruirme antes de que mi poder adopte una forma que ya no puedan controlar.
Aeshkar se adelanta.
Una ráfaga negra y roja emerge de su mano y corta el ataque en dos, pero el esfuerzo la hace tambalearse, porque aunque su transformación está casi completa, aún está atada a mí, aún depende de la energía que compartimos, aún vibra con cada pulsación que nace de mi cuerpo. Su sombra se extiende por el suelo como un ala hecha de humo ardiente, y los Selladores retroceden un paso, aterrados por la velocidad de su respuesta.
Yo intento pronunciar su nombre, pero la memoria —esa otra, la más profunda, la más oculta— decide resurgir con un golpe final.
No es el templo, no es la unión, no es el be