362. Un ataque prohibido.
Su voz no suena con palabras humanas, sino con la vibración del mismo vínculo que compartimos, un eco que se desliza entre mis costillas como una caricia que no pide permiso, y el simple hecho de escucharlo hace que los Selladores pierdan el control de su propia compostura, porque saben que si respondo a ese llamado, si permito que la memoria se integre por completo, nada podrá detener lo que viene.
Ellos dan el primer movimiento: un ataque conjunto que no apunta a destruirme, sino a arrancar de raíz aquello que está renaciendo en mí; canalizan una energía corrosiva, antigua, tallada para quebrar almas y no cuerpos, y la lanzan en una línea directa hacia mi corazón, intentando evitar que la promesa que comparto con Aeshkar vuelva a completarse.
Pero ya es demasiado tarde.
Porque mi reacción no surge del miedo ni de la rabia, sino de una mezcla devastadora de reconocimiento, deseo, dolor y una furia protectora que jamás había sentido, y cuando levanto las manos para detener la descarga