356. Cuando mi nombre deja de ser silencio.
A veces siento que mi pecho no es un espacio para respirar sino una cámara hecha para contener deseos que nunca se dicen y verdades que se aprietan demasiado fuerte contra las costillas, esperando el segundo exacto en que se rompa la prisión donde las mantuve dormidas tanto tiempo, y ahora, mientras observo cómo los Selladores obligan a Aeshkar a inclinarse como si su esencia fuera arcilla maleable, descubro que no puedo seguir siendo la mujer que intentaba negociar con cada retazo de su propio pulso, porque hay una emoción ascendente que atraviesa mi cuerpo con una lentitud cruel, no como una explosión desbordada, sino como una conciencia inevitable que se ensancha y me obliga a aceptar que aquello que siempre evité mirar de frente ha llegado para reclamarme entera.
No pienso en la violencia que lo aplasta contra el suelo ni en la rigidez de sus músculos tratando de resistir; mi pensamiento se concentra únicamente en la forma en que su energía se estira hacia mí, temblorosa pero obst