354. Cuando la forma recuerda el cuerpo.
Ella se vuelve hacia él.
La luz oscura proyecta sombras largas sobre su rostro, pero sus ojos brillan con un fulgor que no había poseído ni siquiera antes de perder su memoria: un brillo profundo, húmedo, casi febril, como si la Forma Primogénita hubiese devuelto no solo su poder, sino una intensidad emocional que había sido cuidadosamente reprimida, tapiada, encerrada bajo capas de sellos mentales.
Aeshkar la mira sin ocultar la conmoción, pero también sin querer ocultar el deseo que trepa por él como una llama lenta.
—Névara… —susurra él, y su voz es un roce grave, un hilo de voz que tiembla entre devoción y rendición—. No sé si eres tú… o si eres algo más grande que tú.
Ella sonríe.
No una sonrisa dulce, ni una sonrisa arrogante: una sonrisa antigua, la sonrisa de quien recuerda la sensación de un cuerpo amado, de una alianza secreta, de un vínculo roto y vuelto a ensamblar con cicatrices brillantes.
—Soy ambas cosas —responde ella, y su voz se desliza como un dedo invisible por la