352. Siento cómo me deja sin voz.
El primer golpe desciende sin aviso.
Una lanza de luz azul, afilada, pura, ejecutada con precisión quirúrgica, se proyecta hacia mí con una frialdad que me deja helada; no busca herir, ni matar, sino inmovilizar, arrancar, separar las partes de mí que acaban de encontrarse. El aire suena como un cristal que se estira más allá de su resistencia, y yo apenas alcanzo a alzar la mano antes de que el impacto me atraviese los sentidos como una campana gigantesca resonando desde adentro.
Siento cómo me arranca el aire de los pulmones.
Siento cómo me corta las piernas desde el alma, no desde la carne.
Siento cómo me deja sin voz.
Caigo hacia atrás, pero no llego a tocar el suelo porque Aeshkar aparece en un destello ardiente, su cuerpo aún tembloroso por la ruptura del lazo, y sin embargo tan decidido que por un instante parece recobrar su forma humana, aquella que mis recuerdos apenas comienzan a devolverme.
—¡No la toquen! —ruge, y es un rugido que retumba desde el fondo de un volcán.
Su br