345. El deseo que ruge bajo su piel.
El ser oscuro inclina su rostro hacia el mío en la memoria y sus dedos —pálidos, largos, fríos— rozan mi mejilla, no con agresión, sino con una ternura inquietante, una ternura que no puedo negar porque mi yo del pasado cierra los ojos, como si ese contacto fuese un refugio, como si él fuera una respuesta a algo que yo llevaba siglos buscando.
Y entonces llega el momento que había sido sellado con más fuerza.
El beso.
No un beso accidental ni robado, sino uno que ambos buscamos, como si el entrelazamiento de nuestras energías exigiera ese gesto para completarse. Él inclina su rostro, la sombra de su máscara cubre mis labios un segundo, y cuando me besa, no siento calor ni frío, sino una expansión de conciencia que me obliga a archivar este instante en lo más hondo de mi alma, como si ese contacto hubiese marcado el inicio de algo que ninguna fuerza en el mundo debería poder deshacer.
Yo lo beso también.
Con intención.
Con deseo.
Con una pasión que ahora, en el presente, me deja tembla