34. El hijo del deseo.
El agua frente a mí está tan quieta que parece cristal fundido, espejo de un cielo donde la luna se derrama como un pensamiento imposible de detener, y el viento apenas se atreve a tocar la superficie por miedo a quebrarla. Me despojo de cada prenda despacio, consciente de que no caen solo sobre la tierra, sino sobre siglos que me habitan, sobre memorias que se enredan entre mi piel y mis huesos, sobre dones antiguos que se despiertan con mi desnudez. Las otras me rodean en silencio. Algunas ba