306. Cuando la llama viste nombre ajeno.
Despierto sin haber dormido, o tal vez despierto dentro de un sueño que aún no terminó, porque la luz todavía respira bajo mi piel como si fuera algo vivo, algo que insiste en recordarme que el cuerpo es apenas una frontera tenue, una membrana frágil que cede si algo sagrado empuja desde adentro con la suficiente paciencia, la suficiente hambre, la suficiente certeza.
No hay silencio cuando abro los ojos, aunque el salón parezca vacío; hay un murmullo que no pertenece al aire, un susurro que se desliza por la piedra, por el mármol, por los cristales del ventanal roto. Es como si mi propio pulso hubiera aprendido a hablar y ahora se empeñara en hacerlo en todas las paredes a la vez, reclamando un eco que yo nunca autoricé y, sin embargo, responde, responde, responde.
Me incorporo despacio, con la sensación de que el piso se mueve como si respirara bajo mis pies, y todo es tan caliente que mi piel se siente húmeda, no de sudor, sino de algo más profundo, un calor que no se evapora porqu