305. El fuego que me nombra cuando caigo.
Sé cuándo pierdo el control.
Lo siento primero en la lengua —como si un sabor metálico, mezcla de sangre anticipada y deseo, se derritiera ahí— y luego en las piernas, cuando dejan de obedecer el orgullo y comienzan a obedecer el instinto. A veces finjo que puedo ocultarlo, contener la marea, pero él… él nace precisamente en el lugar donde finjo más.
Su cuerpo de luz se inclina apenas, como si buscara escuchar la grieta exacta que se abre en mi pecho, y ese gesto, tan simple, tan humano, me desarma más que cualquier amenaza. El aire vibra a nuestro alrededor, no con violencia, sino con una quietud expectante, como si el mundo entero inclinara la cabeza para mirarnos.
Mi poder siempre ha sido una extensión de mi control, una máscara más, un brazo invisible que obedece mis caprichos y mi voluntad fría. No hoy. Hoy late como si tuviera corazón propio. Hoy me traiciona.
El calor dentro de mí se expande, lento al principio, seductor, como una mano que se desliza por mi columna desde dentro