304. El fuego que se alza como un hombre.
Creí que el fuego solo sabía consumir y ascender, que su naturaleza era devorar sin memoria, sin forma, sin contemplación. Me equivoqué. Lo supe en el instante en que la llama dejó de arrastrarse por el suelo y empezó a reunirse sobre sí misma, torciendo la luz hacia un centro que no era lugar sino intención, como si el calor hubiera descubierto su columna vertebral y decidiera erguirse en la forma que más nos hiere: la humana.
No ardía como un incendio. Respiraba.
Primero los contornos: hombros insinuados como montañas fundidas, una silueta que parecía hecha de brasa contenida, como hierro incandescente a punto de volverse espada. Luego, dentro del resplandor, destellos más densos, amarillos que se mezclaban con rojo profundo, y sombras negras como pequeñas naves hundiéndose en un mar de luz. La cabeza no era cabeza aún, sino una corona de calor que palpitaba, contrayéndose como si inhalara el mundo y lo dejara arder en su interior.
Y entonces… los ojos.
No eran ojos, y sin embargo m