256. No eres dueño de ella.

El aire en mis aposentos se carga de electricidad antes incluso de que los hombres crucen palabras, porque yo los observo desde mi sillón de terciopelo, con las piernas cruzadas y una copa de vino en la mano, y puedo sentir cómo la tensión se eleva en la estancia como un incendio contenido, como un filo que amenaza con desgarrar más que el silencio. El emisario está de pie, con los brazos cruzados, la mirada clavada en el caballero veterano que hace apenas unos días juró protegerme no por deber
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