222. La cama compartida.

La noche llega como un manto espeso que cubre las piedras del palacio y las convierte en silenciosas confidentes, y yo me dejo arrastrar por ese silencio, por la certeza de que el mundo afuera se agita con intrigas, pero aquí, en este cuarto que huele a vino derramado y a la cera que arde lenta en las velas, sólo existe el espacio íntimo donde él y yo podemos detener el tiempo. Lo espero sentada sobre el borde del lecho, con la bata apenas ceñida al cuerpo, el cabello cayendo suelto sobre los hombros como un río oscuro que no conoce cauce fijo, y mientras escucho el eco de sus pasos acercarse por el pasillo, mi respiración se acelera con esa mezcla de calma y deseo que sólo él sabe despertar.

Cuando la puerta se abre, no necesito verlo para saber que es él: el aire cambia, su presencia entra primero que sus palabras, como si el cuarto mismo lo reconociera. El emisario me mira con esa sonrisa contenida que es a la vez timidez y provocación, y cierra la puerta despacio, como si temiera
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