219. ¿Cuánto tiempo más vamos a fingir?
No hace falta que nadie lo diga en voz alta para que yo lo sepa: los pasillos susurran solos, las miradas se inclinan apenas cuando él atraviesa las cámaras, y las sirvientas esconden sonrisas detrás de las manos que fingen cubrir un bostezo. El conspirador se está apagando. Su piel, que solía tensarse de rabia como una cuerda al borde del estallido, ahora luce cetrina, marcada por sudores fríos; sus labios tiemblan al articular las órdenes que antes caían como cuchillos, y sus ojos, que me perseguían con sospechas, apenas consiguen enfocar. Lo observo desde la distancia y en silencio disfruto el espectáculo íntimo de su caída, la obra maestra que se despliega día tras día en la fragilidad de su cuerpo.
Yo sonrío con mesura, dejo que un velo de preocupación se dibuje en mi rostro cada vez que alguien me sorprende viéndolo, me acerco con un pañuelo perfumado que humedezco en agua fría y lo poso en su frente con una dulzura estudiada, susurrándole al oído que todo pasará pronto, que deb