218. Él me observa mientras me despojo del vestido.
El fuego de las antorchas tiembla en las paredes como si supiera lo que está por consumarse, y mientras camino hacia el lecho, mis pasos se sienten pesados y al mismo tiempo livianos, como si en cada uno cargara con la certeza del fin y con la extraña libertad que se esconde detrás de la condena. El conspirador me espera, sentado, con el torso desnudo, los músculos tensos, los ojos brillando con ese fulgor de posesión que tantas veces fingí aceptar, aunque por dentro lo he convertido en mi alimento secreto, en el veneno que me da fuerzas para sobrevivirlo. Esta noche no hay máscaras, ni juegos de intriga, ni corte alguna que nos observe: esta noche la desnudez es total, y no hablo solo de los cuerpos, sino de las verdades que ya no pueden contenerse.
Él me observa mientras me despojo del vestido, la tela cayendo como una piel muerta a mis pies, y siento su mirada recorriéndome con la mezcla de hambre y desconfianza que apenas logra ocultar. He visto la sombra en su rostro desde hace d