220. No iba a dejarte esperando.
El palacio duerme, y por primera vez en mucho tiempo siento que el silencio no me acecha como una amenaza, sino que me cubre con un manto suave, casi cómplice. Las sombras se deslizan por los muros como amantes discretos, y yo avanzo con pasos medidos hasta el umbral donde él me espera, el emisario, de pie junto a la luz mortecina de una lámpara que parece resistirse a apagarse del todo, como si también quisiera contemplarnos.
Cuando cruzo la puerta, sus ojos se encienden con esa calidez que ra