216. Pensé que no vendrías, Névara.
El silencio de los corredores es un animal que respira entre las paredes, un soplo que se desliza por los tapices como si también tuviera miedo de ser descubierto, y yo avanzo con los pasos medidos de quien ya aprendió a danzar con el peligro, sintiendo que cada crujido de la madera bajo mis tacones puede delatarme, que cada sombra que se abre a mis costados podría convertirse en un testigo no deseado, pero aun así sigo caminando, con el corazón palpitando como si marcara el compás de un tambor secreto que solo yo escucho.
Cuando empujo la puerta oculta que conduce a la cámara inferior, el aire húmedo me recibe como un abrazo frío, y ahí está él, el emisario, esperando en penumbras, con esa mirada encendida que se mezcla entre el alivio de verme y la urgencia de lo que estamos por sellar. Su voz apenas es un murmullo.
—Pensé que no vendrías, Névara.
Yo sonrío, despacio, como si hasta mis labios fueran conscientes de que el tiempo aquí está prohibido y cada gesto tiene que prolongarse