217. El deseo siempre merece espera.
La noche me recibe con su manto espeso, y mientras me miro en el espejo de bronce siento que mi reflejo no es el de una mujer sino el de un arma afilada, una daga envuelta en sedas y perfumes que esta vez no se limita a fingir, sino que se ha convertido en la trampa misma, en el veneno que nadie sospecha hasta que ya se ha apoderado de la sangre. Paso mis dedos por la superficie de mi cuello desnudo y la fragancia que allí deposito parece más intensa que cualquier esencia natural, porque la mezcla que cubre mi piel contiene algo más que especias y flores: es un extracto mortal, una sustancia que arderá en cada beso, que se deslizará en cada gota de sudor, que se impregnará en su lengua y en su deseo sin que lo note, hasta que poco a poco lo consuma.
Respiro hondo y sonrío, porque sé que el conspirador nunca sospechará, demasiado confiado en su poder, demasiado seguro de que mi cuerpo le pertenece, de que soy suya por completo. No sabe que cada entrega que me arranca es en realidad una