217. El deseo siempre merece espera.
La noche me recibe con su manto espeso, y mientras me miro en el espejo de bronce siento que mi reflejo no es el de una mujer sino el de un arma afilada, una daga envuelta en sedas y perfumes que esta vez no se limita a fingir, sino que se ha convertido en la trampa misma, en el veneno que nadie sospecha hasta que ya se ha apoderado de la sangre. Paso mis dedos por la superficie de mi cuello desnudo y la fragancia que allí deposito parece más intensa que cualquier esencia natural, porque la mez