215. ¿Decirte de qué?
El aire en sus aposentos es denso, cargado de un silencio que arde más que cualquier grito, y mientras camino hacia él siento que cada paso resuena demasiado fuerte contra el suelo de mármol, como si la misma corte quisiera delatarme. Sus ojos me esperan antes que su cuerpo, fijos en mí con esa dureza que no deja lugar a dudas: alguien ha susurrado en su oído, alguien ha sembrado la sospecha, y él me llama aquí no para escuchar explicaciones sino para hundirme en la condena de su rabia.
La puer