214. Señora de sombras.
La noche de la corte se viste de oro y espejismos, el salón es un océano de luces que titilan en los candelabros, cada nota de los violines resuena en mis huesos como una invitación velada, y yo avanzo entre los cuerpos como si fuera parte de la música, como si cada respiración que exhalo estuviera hecha de seda y veneno; mi vestido se adhiere a mis curvas, negro profundo con destellos escarlata que parecen arder cuando me muevo, y la máscara de encaje que cubre la mitad de mi rostro apenas logra contener la intensidad de mis ojos, ojos que se clavan en cada uno de ellos como dagas envueltas en miel.
El conspirador me observa desde su trono lateral, confiado, orgulloso, creyendo que soy su obra maestra expuesta ante todos, su trofeo perfecto, pero no imagina que cada giro de mis caderas, cada roce de mis dedos, cada sonrisa que dejo escapar como un suspiro húmedo son hilos invisibles que voy enredando alrededor de los demás, porque esta danza no es un juego de placer inocente, es un c