213. Llegas tarde, Névara.
La noche se estira sobre el palacio como una piel tensa, brillante por la luz de los faroles que apenas logran disipar la penumbra, y en esa penumbra me muevo como un murmullo que nunca se extingue, como una llama que finge obedecer el soplo de un amo pero que en secreto arde con un fuego propio imposible de apagar; y es así como entro en sus aposentos, con la respiración acompasada, los labios curvados en una sonrisa que parece sumisión, aunque por dentro llevo escondida la chispa de un plan q