213. Llegas tarde, Névara.

La noche se estira sobre el palacio como una piel tensa, brillante por la luz de los faroles que apenas logran disipar la penumbra, y en esa penumbra me muevo como un murmullo que nunca se extingue, como una llama que finge obedecer el soplo de un amo pero que en secreto arde con un fuego propio imposible de apagar; y es así como entro en sus aposentos, con la respiración acompasada, los labios curvados en una sonrisa que parece sumisión, aunque por dentro llevo escondida la chispa de un plan que no pertenece a nadie más que a mí.

Él está esperándome, sentado en un sillón tallado en madera oscura, con la copa en la mano, su mirada fija en mí como si pudiera desnudarme con un solo parpadeo; se levanta apenas cruzo el umbral, su figura erguida, segura de que me tiene entre sus dedos, y esa seguridad me alimenta porque no sospecha nada, porque cree que este juego sigue siendo suyo.

—Llegas tarde, Névara —dice, su voz profunda como un hilo de vino derramado en la penumbra.

Me acerco lenta
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