212. El espía atrapado.
El rumor comienza como un zumbido en los corredores, una corriente sutil que se desliza entre los sirvientes demasiado atentos y los guardias demasiado callados, una vibración inquieta que anuncia que alguien ha visto lo que no debía, que alguien ha seguido un paso prohibido, que hay un intruso moviéndose bajo los tapices de esta corte donde todo se vigila y nada se perdona. Lo percibo antes de que nadie lo diga, porque las miradas empiezan a perseguirme de manera distinta, porque el aire mismo parece tenso como si la respiración de los muros estuviera a punto de delatar a aquel que no pertenece.
Camino despacio por el salón, con el vestido arrastrando sobre la piedra pulida y los collares tintineando como cadenas que elegí llevar con orgullo, y en cada sonrisa que ofrezco hay un cálculo, en cada inclinación de cabeza un disfraz, hasta que lo veo: él, el emisario disfrazado de invitado cualquiera, con la frente perlada de sudor que intenta ocultar bajo una copa de vino, con los ojos e