211. Entonces ese será nuestro secreto.
El vino todavía arde en mi garganta cuando cierro los ojos, el eco de las risas y los jadeos de la corte se apaga lentamente detrás de las paredes de la cámara privada donde me ha arrastrado, y su cuerpo, todavía impregnado de sudor y perfume, yace junto al mío como si fuera un animal satisfecho que cree haber conquistado la noche. No me muevo, dejo que la respiración acompasada de su pecho me arrulle, y aunque sé que debería aprovechar el instante para planear la próxima jugada, el peso del exceso me hunde en un sopor inevitable, y en ese sopor siento cómo su mente y la mía comienzan a rozarse, como si algo en la embriaguez de la carne hubiera derrumbado las fronteras de lo real.
De pronto no estoy en la cama, no estoy en sus brazos, sino en un espacio distinto, un jardín desbordado de flores que no existen en este mundo, donde cada pétalo destila un resplandor húmedo y cada sombra parece hecha de deseo. Camino desnuda entre las enredaderas que se enroscan en mis tobillos, y al girar