211. Entonces ese será nuestro secreto.
El vino todavía arde en mi garganta cuando cierro los ojos, el eco de las risas y los jadeos de la corte se apaga lentamente detrás de las paredes de la cámara privada donde me ha arrastrado, y su cuerpo, todavía impregnado de sudor y perfume, yace junto al mío como si fuera un animal satisfecho que cree haber conquistado la noche. No me muevo, dejo que la respiración acompasada de su pecho me arrulle, y aunque sé que debería aprovechar el instante para planear la próxima jugada, el peso del ex