210. El espejo de la mentira.
La sala del trono arde bajo las lámparas colgantes, el aire está impregnado de perfumes dulces y pesados que se mezclan con el sudor de los cuerpos reunidos, y cada mirada se posa sobre mí como una daga invisible que no corta la piel pero sí la dignidad. Camino con paso lento, con la espalda erguida, sintiendo cómo los cortesanos contienen la respiración mientras aguardan el espectáculo que el conspirador ha preparado para mí. No necesito que nadie me lo anuncie: puedo leerlo en sus sonrisas mal disimuladas, en la expectación morbosa de sus ojos. Él me espera en el centro de la sala, sentado en ese trono que no le pertenece pero que ocupa con la soberbia de quien cree que ya ha ganado, y cuando me acerco su sonrisa es una herida abierta que se alimenta de mi vulnerabilidad.
—Acércate, Névara —ordena, con una voz cargada de miel envenenada.
Obedezco, porque el teatro de esta noche exige mi docilidad, y cada paso que doy hacia él es un recordatorio de que este escenario no me pertenece,