208. El jardín prohibido.
La noche respira distinto en los jardines secretos, lejos del bullicio de los corredores y de las copas que se elevan en brindis que nunca dicen la verdad; aquí, bajo el cielo salpicado de estrellas y entre el murmullo suave de las fuentes escondidas, la oscuridad parece tener un pulso propio, como si cada sombra esperara algo de mí, como si cada flor guardara el eco de secretos pronunciados en voz baja. Avanzo despacio, dejando que mi vestido se deslice sobre la hierba húmeda, que los bordados acaricien el suelo con ese roce casi animal, mientras mi mirada se posa en las corolas que se abren como bocas dispuestas a devorar o a besar, y mis dedos juegan con un pequeño frasco oculto entre mis mangas, frasco que contiene más que veneno: contiene la posibilidad de cambiar el curso de la noche.
Él llega tarde, como siempre, creyendo que la demora lo hace dueño de la situación, y sin embargo su figura se recorta con urgencia en la penumbra, los hombros tensos, la respiración aún agitada po