207. El collar roto.
El salón se ha vaciado, solo quedan copas vacías, platos con restos de fruta mordida y velas que se consumen en su propio llanto de cera. El silencio llega con la misma contundencia con la que antes dominaban las risas, y en ese vacío yo me siento aún más fuerte, como si mi piel hubiera absorbido cada mirada, cada deseo, cada súplica disfrazada de cortesía. Respiro lento, dejo que mi pecho se eleve y baje despacio, porque sé que la verdadera noche apenas comienza cuando él entra sin anunciarse,