207. El collar roto.
El salón se ha vaciado, solo quedan copas vacías, platos con restos de fruta mordida y velas que se consumen en su propio llanto de cera. El silencio llega con la misma contundencia con la que antes dominaban las risas, y en ese vacío yo me siento aún más fuerte, como si mi piel hubiera absorbido cada mirada, cada deseo, cada súplica disfrazada de cortesía. Respiro lento, dejo que mi pecho se eleve y baje despacio, porque sé que la verdadera noche apenas comienza cuando él entra sin anunciarse, con ese paso seguro que pretende ocultar la ansiedad que lo devora.
Lleva en sus manos un pequeño cofre, de madera negra, con cierres de plata que brillan como dientes bajo la luz tenue. Lo coloca sobre la mesa central y me observa sin hablar, como si necesitara que yo me desgaste con la espera, pero yo no soy de esas que pierden terreno en los silencios. Lo miro, ladeo la cabeza y acaricio con mis dedos el tallo de una copa aún húmeda de vino, hasta que decido romper la calma.
—¿Un regalo? —mi